Leyendas de terror
EL VIGILANTE DE LA NOCHE

EL VIGILANTE DE LA NOCHE
Trabajé como guardia de seguridad en una bodega a las afueras de la ciudad. El turno nocturno era tranquilo, pero la soledad y el frío se metían en los huesos. El único sonido constante era el zumbido de las lámparas fluorescentes y el eco de mis pasos sobre el concreto.
Desde la primera noche, sentí que algo no estaba bien. No lo decía en voz alta, pero había momentos en los que el aire se volvía pesado, como si alguien estuviera observándome. Las cámaras de seguridad no mostraban nada, solo pasillos oscuros y estantes llenos de cajas.
Todo cambió la tercera noche.
A las 3:14 a.m., escuché un ruido. Pasos ligeros, rápidos, como si alguien corriera descalzo sobre el suelo de la bodega. Revisé las cámaras, pero no había nadie. Fui a inspeccionar con la linterna en mano.
Cuando giré la esquina de uno de los pasillos, vi una sombra moverse entre los estantes. Mi corazón se aceleró.
—¿Quién está ahí? —pregunté, tratando de sonar firme.
No hubo respuesta. Caminé con cautela, sintiendo cómo el frío se intensificaba. Al llegar al fondo del pasillo, noté que una de las cajas estaba abierta. Dentro, había fotos antiguas… imágenes de niños. Todos con la misma expresión: miedo.
Entonces, algo me rozó el hombro.
Me giré de golpe, pero no había nadie. Solo un murmullo.
Corrí hasta la garita de seguridad, sintiendo que algo me seguía. Cerré la puerta con llave y revisé las cámaras de nuevo. Y ahí lo vi.
En el pasillo donde había estado, una figura pequeña, delgada, se asomaba desde la esquina. Su rostro era pálido, los ojos hundidos.
Y sonreía.
Esa fue mi última noche en ese trabajo. No sé qué era aquello, pero no quise averiguarlo.



